El Viernes Santo no sólo es el día en el cual murió como sacrificio Nuestro Señor Jesus Cristo. Representa también la fecha que representa una serie de nuevos comienzos para el hombre y la mujer de fe.
Es un alivio el no tener que ir vagando por el mundo como un fugitivo espiritual, podrido por dentro de pecados, muerto en vida, huyéndole a personas tan defectuosas como uno sacando sus manos al aire y de sus dedos señalándolo a uno como una escoria.
Es sabroso el poder ir por la calle sabiendo que ya Dios lo considera a uno como su propio hijo u hija y no algo asqueroso a quien no podría ni mirar. Es agradable saber que Cristo al momento que uno lo acepta como salvador personal, comparte con uno su rectitud, su virtud, y que sus pecados jamas se pondrán ante uno en un tribunal.
Es un alivio el saber que a pesar de todos los pecados que se le sumaron sobre sus hombros, Nuestro Señor Jesus, por el poder omnipotente del Espirito Santo lo levantó de aquella tumba, y que los pecados no pudieron detenerlo ahí.
La obra del Espirito Santo es la Gloria de Dios. ¡Alabemos al Señor, Alabemos al nombre de Dios en este día!
Me encuentro casi todos los días estando en acuerdo con Ruben Blades en el lema de su canción Pedro Navaja de que la vida te da sorpresas; sorpresas te da la vida. Para mí, cuando la vida le da a uno una sorpresa, o causa que le pase algo inesperado, esa sorpresa es una muestra de la voluntad de Diós. Él nos dice en el libro del Profeta Jeremías de que él conoce su plan para tí. Por lo tanto, me parece sabio consultar con él antes de entregarse a llevar a cabo el plan o meta para su futuro.
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